COMPAÑEROS DE SEÚL
Urtian

Uno de los recursos narrativos empleados en la serie "Doctor en Alaska" son lo que podemos llamar "diálogos de sordos", esas situaciones en las que dos personajes parecen estar conversando pero lo que hacen en realidad es pensar en voz alta, hablar cada uno para sí mismo. Unas veces hablan sobre sus situaciones personales, otras hacen referencia a un mismo tema pero desde planos diferentes.

Este último caso nos parece especialmente interesante porque hace que el asunto se desdoble en distintos planos, deje de ser lineal y adquiera profundidad.

Podemos asistir a uno de estos diálogos en el capítulo Compañeros de Seúl (3.10): Maggie y Shelly se encuentran en el Brick, y mientras Maggie quiere convencerse a sí misma de que está encantada por no tener que ir a ver a su familia en Navidad, Shelly parece como ausente, metida en sus pensamientos mientras juguetea con un belén:

MAGGIE: Será la primera vez en mi vida que pasaré la nochebuena completamente sola. No habrá nadie molestándome, mandándome cosas, esperando. Será tranquila y silenciosa.

SHELLY: Sagrada

MAGGIE: No tendré que tratar con mi madre o mi hermano.

SHELLY: Tu padre...

MAGGIE: Mi padre es insoportable en navidades. No hay forma de hablar con él.

SHELLY: Comunión.

MAGGIE: Exacto. Cuando mis padres me dijeron que no iban a celebrar las navidades, me hicieron el mejor regalo.

En este curioso diálogo, las referencias personales se cruzan con otras de índole religiosa, lo que consigue dar ese toque mágico y especial a la conversación.

Una conversación que gira en torno a la familia y también a lo sagrado, que se presentan como los dos polos de la Navidad, tema de este capítulo.

* * *

La navidad parece tener esta condición: ya sea disfrutando de la familia o que ésta nos aburra o incluso moleste, la navidad nos hace convivir juntos año tras año. La depresión que causa en la mayoría el encontrarnos solos por estas fechas va unida a nuestra cultura porque la navidad es, para bien o para mal, puramente familiar: no podemos evitarla, como no podemos evitar pertenecer a una determinada cultura.

Así nos pasa siempre al final del año: tener que rozarnos con las personas que más nos importan, aquellas que son lo más parecido a nosotros, incluso en lo que menos nos parezcamos.

Por si fuera poco el hecho de tener que vivir en toda su complejidad y dimensión la compañía familiar, ahí están el Arbol de navidad, los belenes, los adornos navideños, los villancicos, papá Noel, santa claus, el olentzero o los reyes magos. Toda una descarga de motivos tradicionales, culturales, ancestrales y, por supuesto, simbólicos.

Para bien o para mal, lo sagrado es para la mayoría de nosotros entrañable: lo llevamos con nosotros desde niños. El desgaste de los iconos religiosos que con el tiempo se produce, la apatía que nos puedan causar, no nos impide perder de vista lo que suponen, aunque sólo sea para los niños, para nosotros cuando fuimos niños: el encuentro por ejemplo con la imagen del niño Jesús, con la Virgen o con los reyes magos. Es decir, con lo sobrenatural.

Algo que no es natural, que se sale de lo normal y que al mismo tiempo resulta tan sobrecogedor y encantador para la mirada de un niño, porque éste lo identifica con los regalos que recibe y con el amor que se le da.

Esta enorme cantidad de ilusión no es ni mucho menos olvidada. Se queda en algún rincón dentro de nosotros, ya mayores y un tanto apáticos, y hace que conservemos la tradición en la que ya apenas creemos, pero aún así perpetuamos.

Por supuesto, hace que estemos convencidos de alguna manera de que en la navidad está realmente presente eso que llamamos sagrado.

* * *

También las fechas ayudan para que tengamos estos sentimientos: el invierno, con el frío, las largas y oscuras noches, los días cortos, la poca luz, nos invita al recogimiento.

Situación de oscuridad - de deseo de luz - expresada muy bien en la historia del Cuervo, que se narra en el capítulo y que es, así nos lo parece, su pieza central:

Hace mucho tiempo, el cuervo miró hacia abajo desde el cielo y vio que la gente en el mundo vivía en la oscuridad. La bola de luz la tenía escondida un viejo jefe egoísta. Así, el cuervo se transformó en una aguja de pino que flotaba en el río donde la hija del jefe iba a por agua. Ella bebió la aguja de pino, se quedó embarazada y dio a luz a un niño que era el cuervo disfrazado. El niño lloró y lloró hasta que el jefe le dio la bola de luz para jugar. En cuanto tuvo la luz, el cuervo volvió a su ser y se llevó la luz hasta el cielo. Desde entonces no hemos vuelto a vivir en la oscuridad.

* * *

Y es que en esta situación de oscuridad se encuentran los protagonistas del capítulo, de estar encerrados en sí mismos, sumidos en conflicto con ellos mismos. Y en conflicto en un doble registro: familiar y sagrado.

Por un lado, Maurice se siente deprimido por encontrarse solo en navidad, "como un hambriento pordiosero con la nariz pegada a una ventana mirando con envidia la cena de otros".

Irónicamente, recibirá la visita de una familia coreana que desconocía tener, de "un chino de mediana edad" - tal como él mismo describe a su hijo - del que no le gusta ni su aspecto, ni cómo habla, ni siquiera lo que come, sin que sea nada de todo esto lo que le molesta, sino el hecho de que no sea de su raza.

En la misma línea familiar, aunque en sentido opuesto, está Maggie, quien se siente molesta por tener que ir a pasar las navidades a su casa y aguantar las manías de su familia. Entonces le sorprenderá una carta de sus padres diciéndole que pasarán las fiestas en otro sitio, lo que inesperadamente la deprime, dejando claro que no era en realidad su familia lo que no quería ver, sino el hecho de tener que compartir sus manías.

Por otra parte, Fleischmann recuerda con alegría lo bien que lo pasaba de niño durante las fiestas navideñas, en las que el Arbol de navidad adornaba la casa de sus vecinos con los que jugaba. Por estos recuerdos se decide a tener uno en su casa, pero al ser un símbolo contrario a su religión judía, se le verá empeñado en justificarse ante sí mismo, como lo demuestra estas palabras que dirige al Arbol de Navidad que ha puesto en su casa:

El hecho de tenerte en mi salón no significa nada, no estoy traicionando nada. Sé que hay gente a la que le encanta darte un significado religioso, pero incluso así eres sólo un símbolo cultural (...) Eres algo divertido, algo para que todos disfruten: budistas, musulmanes, rastafaris...

Al mismo tiempo, Shelly recuerda con nostalgia las navidades que pasaba en su infancia, la celebración de la Misa del Gallo en nochebuena, "cuando antes de las doce apagaban todas las luces y el coro entraba por los pasillos llevando velas, después los monaguillos, después el padre Peroni, todos cantaban...", por lo que también se sentirá deprimida al no poder vivirlas ahora.

De esta manera, los cuatro se encuentran en conflicto, sumidos en la oscuridad de la que metafóricamente hablaba la historia del Cuervo.

* * *

Pero esta historia, que expresa muy bien las ambivalencias del espíritu navideño, se refiere también a la vuelta de la luz después de un período de oscuridad. Y esta luz, como solución en la historia de los protagonistas, es la que sobreviene cuando salen fuera de sí mismos, cuando aceptan lo que les es extraño, lo que se encuentra tan alejado de su cultura, de sus recuerdos o deseos; aquello, ese "Seúl" que no entienden al estar tan preocupados y encerrados en sí mismos.

Es lo que le dirá Chris a Maurice cuando este se mostraba tan disgustado por tener una familia de otra raza:

Son los otros, Maurice. Piensa en círculos concéntricos. El círculo interior somos nosotros, después la familia, luego la tribu, etc. Y cuanto más te alejas del centro, más extrañas son las cosas. La gente, los círculos exteriores, son los otros (...) En el sexo los otros están bien (...), pero traer a gente del exterior y hacerla parte del interior, a veces no funciona.

Poco después, Maurice intentará hablar con el hijo que está despreciando, abrirse a él, conocerle, saber cuáles son sus gustos, su profesión, aceptarle de verdad, no meramente de una manera obligada o formal. También lo hará con la madre, a la que reconocerá su enorme trabajo por no haber podido contar con la ayuda de un marido. Una mujer por la que ahora sí va a interesarse sinceramente y a la que por fin recordará y verá con cariño.

Luego Joel, después de intentar aclararse por la incomodidad que le produce el tener un símbolo cristiano en su casa, decidirá dárselo a Maggie, que es la que de verdad lo necesita, como muestra de su afecto.

Por último, intentando consolar la tristeza de Shelly, Holling adornará la iglesia, a la que sabe que ella va a ir a rezar, con un gran belén y cantándole con todo su amor el Ave Maria de Schubert.

* * *

Oscuridad y luz, conflicto ante lo que les es extraño, diferente, y comprender que pueden aceptarlo, abrirse a ello, tener la voluntad de compartir su cultura, sus costumbres, su religión. Pues la navidad que los personajes experimentan presenta esa doble cara: de retraimiento, y también de expansión.

Oscuridad y luz, ensimismamiento y expansión que se condensarán en la metáfora que expresa la historia del Cuervo. Metáfora que se representará en la nochebuena, donde todos se reúnen para celebrarla.

Un final que ahora nos ayuda a entender las extrañas palabras de Chris al comienzo del capítulo:

Allí donde mire veo pájaros de ébano colocados para las fiestas. Las brillantes luces de colores son bonitas y también los santa claus y los renos de plástico y los belenes. Pero nada como la vista de un cuervo negro como la noche para conseguir el espíritu navideño.

Volver a
Volver a