Spring Break

por Urtian

En el jardín del Eden

Maggie sueña que está con Joel en el jardín del paraíso. Del árbol del conocimiento del bien y del mal, donde se enrosca la serpiente tentadora del relato bíblico, Maggie coge la manzana que da a probar a Joel después de hacerlo ella. Cuando la comen, se dan cuenta con placer de que ahora están desnudos. Bajo un impulso irresistible se besan.

La diferencia con el relato bíblico es clara: lejos de sentir culpa, vergüenza, pecado, después de comer de la fruta que sabemos prohibida, se sienten desinhibidos y atraídos por un irresistible impulso sexual que se despierta por la experiencia del cuerpo desnudo. Será entonces la transgresión de la ley que sitúa al cuerpo (y por extensión a lo natural) como elemento prohibido, la que aquí se destaca como primera orientación del relato.

Maggie y Joel comerán la fruta del árbol del bien y del mal: lo que era prohibición y ley dictada por su creador, lo que debía quedar oculto, desconocido, lo que no debía bajo ningún concepto ser experimentado, será transgredido en una afirmación absoluta del cuerpo, en oposición radical a la palabra divina, incluso a la idea de su ley, a favor de la ley natural.

Impulso irresistible, pues, que llevará a Maggie y a Joel a fundirse en ese apasionado beso con el que arrancará el episodio. El cuerpo va a exponer rotundamente este deseo sentido como salvaje, irresistible, natural, que romperá el yo (la imagen sobre la que gira la conciencia) en un acto necesariamente irracional y natural.

Quiebra primaveral

Al principio del episodio, después de la escena anterior, esta canción:

"Si todos nos volvemos locos,

lo podemos hacer,

todos juntos en este salvaje mundo de agua.

Nos podemos volver locos para siempre"

Luego Chris desde la emisora:

"Esta es una canción con la que todos nos podemos sentir identificados en esta época del año. La primavera está a punto de brotar. Perséfone ha vuelto. Y, aquí en Cicely, el hielo está gimiendo, a punto de romperse con ese exquisito y ensordecedor rugido. Es época de locura, época de sacar los colmillos y dejar que nuestros ojos brillen para que la bestia que llevamos dentro pueda aullar con alegría no mitigada. !Oh, sí, éxtasis, bienvenido seas!"

La naturaleza, la primavera, el mundo natural, está a punto de brotar: Perséfone es la semilla que penetra en las capas subterráneas hasta que germina y brota. Con un "ensordecedor rugido" esta fuerza romperá el hielo invernal, lo que va a provocar un estado de locura con el que todos van a identificarse. Así, la fuerza primaveral que va a brotar es al mismo tiempo la fuerza de la naturaleza interior, la bestia, que romperá la fría racionalidad, el yo cerrado, constreñido, gélido.

Esta experiencia de locura colectiva va a permitir salir, manifestarse con "alegría no mitigada", ilimitada y libre, la bestia que está en lo interior. Esta liberación del impulso irresistible, sin límites, el desencadenamiento de la fuerza indómita de la naturaleza que tendrá su propia conciencia animal, la fuerza de la primavera, va a producir la quiebra del yo cerrado y limitado. Como dirá Jung refiriéndose al estado dionisiaco del que hablaba Nietzsche en El Nacimiento de la Tragedia, el hombre es "arrebatado por su esencia bárbara, despojado de su individualidad, disuelto en todos sus componentes colectivos, unificado con lo inconsciente colectivo (con el consiguiente abandono de sus metas individuales), unificado con el "genio de la especie, más aún, de la naturaleza".

Ruptura que llevará al "éxtasis" por la quiebra del yo, de ese "yo" que durante un ciclo ha estado reprimiendo, congelando, a esa fuerza primaveral (interiorizada). Por tanto, voluptuosidad, embriaguez que disolverá el yo individual en los impulsos colectivos. Pero también "la naturaleza enajenada, hostil o subyugada celebra su fiesta de reconciliación con su hijo perdido, el hombre" (Nietzsche).

Como dirá otra vez Chris después de consumarse el deshielo:

"La primavera ha brotado. Hemos tenido nuestro estado de gracia y nuestro pequeño regalo de locura justificada, cortesía de la Madre Naturaleza. Gracias Gaya..."

Agradecimiento, pues, por la locura, que es considerada "justificada", un "regalo" de la naturaleza y un "estado de gracia". Y también, como decía antes, locura compartida: la experiencia de la corporalidad (de lo salvaje) sentida por toda la comunidad como fuerza irresistible.

Habrá entonces un despliegue, un dejar fluir deliberadamente la corriente primaveral con su deshielo, un movimiento que implica a la comunidad, una corriente de poderosa voluptuosidad que brota irrefrenable y que embriaga, emborracha, en el sentido más completo de la palabra.

Donde están las cosas salvajes

Después de leer un fragmento del libro de Maurice Sendak "Where The Wild Things Are" ("Donde están las cosas salvajes"; o también traducido por "Donde viven los monstruos"), vuelve a decir Chris:

"Nunca debemos perder contacto con ese salvaje e indómito espíritu que tenemos dentro. A la fantasía le han dado una buena zurra, y el caos se ha hecho dueño de estos tiempos racionales y patológicamente normales. Incluso aquí arriba, en Alaska, le estamos dando la espalda a la bestia. Preferimos ir al zoo donde el león no puede comerte, en lugar de ir a la jungla donde sí puede. !Qué lástima no ser más valientes!"

Alusión a la no conveniencia de la ruptura con el vínculo que nos une a la naturaleza: no dar la espalda a "ese salvaje e indómito espíritu que tenemos dentro", que expresado así se entiende con carácter positivo. Al considerarse como "patológicamente normales" los tiempos actuales, en este capítulo se mira a la civilización de manera crítica, pues el excesivo celo del "yo" civilizado, como elemento de ruptura de la relación del hombre con lo natural, impide esa conexión. Y es que es precisamente de esta relación con lo natural, de esta conexión asimismo con nuestra propia naturaleza interna, de donde surge la posibilidad de transformación para lo que puede llamarse espíritu humano; espíritu que exige la integración, la totalidad con lo natural.

Crítica entonces de los tiempos "patológicamente normales", regidos por una exclusión del ritmo natural que nada tiene que ver con el frío dominio de la civilización; tiempos en los cuales, al decir que "estamos dando la espalda a la bestia", no dejan lugar para otra cosa que no sea la arrogancia de un "yo" que se quiere único y que, en tanto parcial y fragmentario, también separador del "otro". Crítica por tanto de la modernidad en cuanto diferenciadora y alienante. Antes, la vida normal había sido ya puesta en entredicho al ser definida como rutinaria, como dice Chris al producirse el deshielo: "Supongo que es hora de volver a esa rutina diaria que nos da por llamar vida normal".

En definitiva, crítica del ideal iluminista que había puesto en la razón la auténtica naturaleza del hombre. Es decir, razón como orden, norma, a la que se reduce la vida humana en su multiplicidad. Pensamiento que será Rousseau el primero en cuestionar: la naturaleza humana, dirá, no es razón antes que instinto, impulso, espontaneidad, inmediatez. La razón se pierde si no es guiado por el instinto natural.

En este sentido, con las palabras de Chris se está cuestionando una cultura interesada en la especialización, en la diferenciación de las distintas funciones de la persona, y por tanto fundada en su uniformidad y linealidad (sigo el pensamiento de Jung, para quien las personas se distinguen por sus distintas funciones psicológicas básicas; pensamiento que se corresponde con las ideas de Carlos/Kepler sobre los centros, llamadas aquí funciones: el pensamiento, el sentimiento, la sensación y la intuición).

Pues aparte del cuerpo como exponente de la trasgresión del decurso cultural, se nos plantea también la unilateralidad de una de estas funciones en perjuicio de las demás. Pues en la cultura moderna el hombre no aparece como un hecho acabado, realizado, integrado, sino que está representado por la función que en él predomina, la parte que más adaptada está al mundo exterior, su parte conocida. Se identifica casi exclusivamente con esa función, negando incluso a reconocer la existencia de otras funciones que también forman parte de él.

Así, la cultura moderna abre un abismo entre lo que uno es y lo que uno representa. En pocas palabras, su función está desarrollada, pero no su individualidad. Para decirlo con Jung: "determinadas funciones están en nosotros especialmente desarrolladas y diferenciadas, son particularmente relevantes, particularmente activas y productivas, mientras que otras no superan el estadio embrionario en su desarrollo", por lo que "partes integrantes de nuestra totalidad psíquica de ser viviente, de nuestro sí mismo, llevan una existencia oscura e inconsciente" ("Los complejos y el inconsciente"). O como en otro sitio dirá: "Esa función [la que permanece menos desarrollada] tiene un carácter de resistencia, de extrañeza, que suspende la personalidad, la arrastra consigo, pone al hombre fuera de sí, enajenado de sí mismo" ("Tipos psicológicos").

De paso hay que decir que es verdad que por medio de esta especialización, de esta diferenciación de la cultura, se han logrado cosas importantes para el desarrollo de la civilización que de otra manera no hubiese sido posible conseguir, pero esto nos ha costado, interiormente, un precio demasiado alto. Pues esa unilateralidad ha basado su desarrollo a costa de las otras funciones que han quedado reprimidas. Es decir, la cultura de la modernidad, para conseguir el progreso de la especie, ha obligado al individuo a separarse interiormente entre la función más desarrollada y las otras a las que se ha negado toda posibilidad de vida.

Podría deducirse de este episodio que tan importante es en nosotros la necesidad de la cultura como de la naturaleza. La vida de un hombre no puede ser sólo un compromiso "racional", sino que debe fundarse en la experiencia con lo real, con lo natural. Su vida debe ser un proceso que implique a toda su persona. Esta experiencia vital debe contar tanto con las verdades racionales que le sirven de orientación y adaptación al mundo, como con las verdades irracionales, intuitivas y contradictorias. Una cultura que no tenga en cuenta esta integración, esta individuación, produce inevitablemente la escisión del yo consciente, con una función elegida y sobrevalorada entre las demás funciones.

Desde este punto de vista, creo que Chris menciona el despertar de lo salvaje en el sentido de la función que en cada uno permanece en la sombra, rechazada y presionada. La grieta que, ahora por acción del impulso irrefrenable del deshielo primaveral, resquebraja el yo que se quiere unitario, lo que muestra es alguna de estas funciones que han estado de alguna manera reprimidas: en el caso de Joel y Maggie, el sexo; en Holling, la agresividad, la "necesidad de causar dolor", como él mismo dirá; en Shelly, la actividad intelectual de leer a la que se ve impulsada; en Maurice, el afecto, el deseo de ser él el protegido, despertándose en él las disposiciones femeninas que han sido negadas (queriendo, como le dirá a la agente Semansky, de quien se enamora, que alguien por una vez controle su vida), en Chris será el robo (reincidiendo en su pasado). En todas estas reacciones, preside el cuerpo: como placer físico en Maggie y Joel; virtual en Shelly; afectivo en Maurice; como necesidad de infringir dolor en Holling. En Chris, simbólicamente como transgresor natural de la seguridad y previsibilidad de la "vida normal".

Todo ello, en definitiva, será la expresión manifiesta de los impulsos que han sido prohibidos en cada individuo por la cultura. Los afectos que van a explotar en este estado, serán por tanto algo ciegamente impulsivo que se expresará sobre todo en el ámbito corporal: el cuerpo como exponente del deseo: no sólo del placer, sino también del dolor y agresividad en cuanto parte del deseo mismo. Y el cuerpo, asimismo, en su dimensión simbólica de transgresión de la ley que demarcará el territorio condicionado por la cultura.

Incluso la corporalidad como filosofía de la vida que se entronca con el pensamiento de Nietzsche: una filosofía de la tierra, una gaya ciencia, que quiere llamarnos la atención sobre el carácter ontológico de la biología humana, sobre el presente eterno de nuestra propia corporeidad.

Un patrón sin orden

Como hemos visto, puede decirse que todas las alteraciones que van a sufrir los personajes en este episodio se deben esencialmente a esa diferenciación entre las funciones. En este sentido, es interesante fijarse en cómo sienten los personajes el deshielo más aún que en lo que hacen, pues es el deseo incontenido, el impulso irresistible el verdadero protagonista de los cambios de los personajes, y la fuerza que creará su propio decurso vital, su propio orden.

La idea viene señalada muy bien por Ed cuando diga más adelante, al enseñar a Joel un plano con las banderas de localización de los robos que se están produciendo en Cicely, y éste dice que lo encuentra desperdigado y sin orden, a lo que Ed responde que de eso se trata, que "es un patrón sin orden: ese es el patrón".

Un patrón sin orden: inseguridad, el mundo como lugar impredecible.

Cuando al final del episodio Ed descubre que Chris es el ladrón y le pregunta por qué lo ha hecho, este responde: "Por lo salvaje. Se nos está agotando, incluso aquí en Alaska. La gente necesita que se le recuerde que el mundo es inseguro e impredecible. Y que, por menos de nada, pueden perderlo todo. No puedes predecirlo. Lo hago para recordarles que el caos está ahí fuera, acechando más allá del horizonte".

Por lo tanto, el mundo es esencialmente inseguro, imprevisible. Un espacio natural incierto, múltiple, contradictorio, inmediato. O una corporalidad, que Nietzsche llamaba "gran razón, una pluralidad dotada de un único sentido" (Zaratustra).

Conciencia animal

Chris añade después que "a veces necesitas hacer algo malo para saber que estás vivo".

La maldad es así considerada una necesidad que nos permite hacernos conscientes de la vida. Algo parecido a un dolor necesario. Se le atribuye entonces a la maldad la función de despertar la conciencia vital. Pues la maldad forma parte de la vida, aunque se intente reprimirla, rechazarla, justificarla o condenarla.

La malignidad, o la conciencia animal que reacciona contra la moral de una cultura que se rige por la diferenciación. Siguiendo el pensamiento de Nietzsche (La Gaya Ciencia), no habrá lugar entonces para ninguna ética metafísica, alejada de lo que es propio de la naturaleza de este mundo conocido. No habrá moral por tanto fuera del ámbito de lo natural. Moral que se afirma no en un mundo distinto de la vida, de la naturaleza y de la historia; no en un mundo fuera de éste, ideal, desconocido, extraño y opuesto al propio que conocemos.

En este episodio, el árbol del bien y del mal no será entonces un símbolo asociado a la culpa. Ante todo será expresión de una moralidad natural, producida, como dirá Jung, por el decurso vital, pues "no cabe establecer ningún principio moral más alto que aquella concordancia con las leyes naturales cuya armonía da a la libido la dirección en que se halla el óptimo vital" ("Tipos psicológicos") (Entendiendo por "óptimo vital" el camino, la ruta de la energía psíquica en la que es posible un decurso que una y otra vez se renueva). Luego, en un tono crítico con nuestra cultura, dirá: "Como aún somos tan bárbaros, a nosotros la confianza en las leyes de la naturaleza humana y del sendero humano se nos aparece como un peligroso e inmoral naturalismo".

Esta moralidad natural, regida por su propio decurso vital, figurada en la madre tierra (diosa, fuerza primaveral, madre y mujer), será el impulso irresistible que ha sido olvidado por el yo diferenciador, separador, la cultura de la modernidad.

Lo irresistible femenino

Lo que veíamos al principio en el Jardín del Eden se repetirá constantemente a lo largo del episodio, especialmente en la relación de Maggie con Joel. Estos no podrán resistirse a ese impulso de unirse, reconciliarse, comunicarse, sexualmente.

Aunque a Joel le gustaría mantener su propio yo a salvo de este impulso, como en una integridad ideal, excluyendo por tanto la función de la sensación (corporalidad) que a él le parece algo inferior, tendrá que aceptar la influencia salvaje del deshielo: "Reconozco que he estado especialmente preocupado, incluso obsesionado con los deseos carnales". Lo que no le quedaba más remedio que hacer, pues antes había cantado en sueños:

"Su amor es tan poderoso. Es sencillamente inevitable.

La tendencia es irreversible. La mujer es invencible.

Ella es una ley natural y me da pavor.

Ella se merece la ovación y me rindo porque ella me solía gustar,

pero ahora la encuentro sencillamente irresistible".

Creo que es importante ver cómo Joel consigue llegar hasta el final de su sueño erótico. Al contrario de lo que habitualmente sucede, Joel completa su sueño haciendo el amor con las figuras eróticas femeninas que sirven de coro en su sueño. Transgresión, también aquí, de la cultura como principio inhibidor: Joel completa el impulso sexual originario de su sueño.

Sueño que pone de relieve el elemento femenino, asociado a la fuerza del deshielo primaveral, primero como madre tierra, como Gaya, fuerza que rompe el hielo y da vida cada año a los campos. Pues para el hombre primitivo (cercano al mundo natural), Gaya era el misterio que rodeaba la germinación de la semilla, por lo que era considerada depositaria de la sabiduría (el conocimiento del bien y del mal). En este sentido, la figura de Gaya (y Perséfone) se asocia con la de la serpiente, que ya en el Jardín del Eden presidía el sueño erótico de Maggie.

Pero la mujer, lo femenino, no sólo como diosa o madre o animal, sino sobre todo como mujer, "simplemente irresistible", impulso simbólicamente expresado como lo auténticamente natural.

Dentro del texto: D.H. Lawrence

Vemos en el relato que Shelly no puede dejar de leer el libro de D.H. Lawrence "El Arcoiris". Así, en Spring Break aparece este autor con referencia a un libro (prohibido en su día por obsceno) que explora resueltamente las relaciones sexuales y psicológicas entre hombres y mujeres. Referencia por tanto al sexo en relación con el impulso irresistible de leer que Shelly experimenta.

Pero, más aún, la lectura de "El arcoiris" es interesante porque, situados gracias a ella en el contexto de la obra de este autor, encontramos algunas referencias que están presentes a lo largo de Doctor en Alaska. En el caso de este episodio, la crítica de Lawrence a la civilización según se concibe en la cultura de la modernidad. Una crítica del progreso entendido en el sentido iluminista de proceso lineal, excluyente de la diversidad interior del individuo como protagonista de toda cultura.

Lawrence cuenta en "El Arcoiris" la vida de una familia que vive de forma independiente con las cosechas que recoge de la tierra; la historia de un hombre que está íntimamente unido al pedazo de tierra que trabaja. Para él será suficiente la sabiduría que extraiga de esta experiencia. Gracias a ella sus actos tienen sentido, incluso cuando se entrega a sus sentimientos y fantasías.

Así, este autor verá en la naturaleza el espacio donde entra en juego lo real, el ámbito propio para toda auténtica experiencia de vida, en la medida en que el hombre experimenta de una manera real e inmediata el roce con los elementos, lo que le lleva (igual que a Nietzsche) más allá del bien y del mal. Como Novalis, que dirá: la naturaleza es "el espacio de la experiencia mística, que nos permite ver más allá de las contingencias de la vida urbana y artificial".

Según esta idea, el hombre es esencialmente naturalista, pues crece, madura, y en este sentido se perfecciona, pero no sólo con el desarrollo de las facultades de su intelecto, sino también con la del cuerpo. Lawrence: "Yo niego absoluta y francamente ser un alma, o un cuerpo, o un espíritu, o una inteligencia, o un cerebro, o un sistema nervioso, o un conjunto de glándulas, o cualquier otra parte de mí mismo. El todo es más grande que las partes".

Un cuerpo, entonces, protagonista de la creación, que reúne lo necesario para vivir con intensidad, un cuerpo asociado íntimamente al pensamiento, y no un cuerpo disociado de él (pues sin cuerpo, sin su incuestionable realidad, así lo entenderá él, no hay pensamiento). Por eso la naturaleza humana es en Lawrence, antes que nada, interioridad que conforma su forma de sentir y de pensar, su mentalidad (entrañas y cerebro inseparablemente unidos). El naturalismo de este autor, conectándose íntimamente con el tema central del capítulo, no será ni racional ni emocional, sino una sola cosa que expresará la realidad de la madre tierra, de Gaya, una realidad que es fuente de vida.

Como consecuencia de esta forma de pensar, la naturaleza carecerá para este autor de cualquier teología que establezca diferencias morales predestinadas y construya espacios paradisíacos fuera de la propia naturaleza. Por su condición natural, el mundo será esencialmente inseguro, impredecible y necesario, más que bueno o malo.

Esta es la razón por la que Lawrence percibe la ruptura de toda relación con los misterios cósmicos. En este sentido escribe: "Pero hoy, después de tres mil años, después que estamos casi completamente abstraídos de la vida rítmica de las estaciones, del nacimiento, de la muerte y de la fecundidad, comprendemos al fin que tal abstracción no es ni una bendición ni una liberación, sino pura nada. No nos aporta otra cosa que inercia".

Por tanto, el texto que aparece en el guión de David Assael escrito para este episodio, se sitúa en esta disyuntiva: por un lado, vitalismo, necesidad de la tierra, fuente de vida, y por otro alejamiento de esta experiencia, alienación, debilidad, neurosis.

En el episodio no se dejará de mencionar esta oposición, pues la pérdida del sentido natural conllevaría la deshumanización. En Lawrence será importante tener en cuenta que el espacio natural se moverá al ritmo cíclico de las estaciones. En dicho espacio (que tendrá su propio tiempo cambiante), no va a haber más interrogantes que los de la experiencia de ese ritmo desbordante. Un entorno natural (externo e interno) que tiene, en sí mismo, su propia ley y orden.

Lawrence ve como contrario al sentido natural, la alienación del hombre que es educado en la cultura moderna diferenciadora, que escinde al hombre interiormente, y centra las causas de esta alienación en el distanciamiento con respecto a las raíces de la naturaleza, en la represión y la censura. Piensa que la vida social ha devenido unilateral, rígida, pues la modernidad ha tendido a reducirlo todo a un común denominador, mientras que la naturaleza y el trabajo integrado en el ciclo vital no son uniformes y requieren en todo momento la movilización de la vitalidad. La naturaleza exige inmediatez, instintividad, mientras que en la vida urbana, industrial y moderna todo debe ser mediatizado y controlado.

En el ámbito de esta quiebra que supone la vida civilizada, dirá que el hombre no encuentra estabilidad, pues la vida en las ciudades es contraria a cualquier forma de estabilidad que se funde en las propias leyes naturales. El hombre alienado ya no puede retornar a su comunidad, a sus raíces familiares. Lo que nos recuerda la diferenciación de nuestra cultura, la unilateralidad de las funciones criticada por Jung, y antes por Nietzsche.

Precisamente este filósofo, como si prestara voz a lo salvaje que aparece tras la irrupción primaveral en Cicely, escribirá en La Gaya Ciencia: "El hielo que aún hoy nos sostiene, ya se ha vuelto muy delgado: sopla el viento del deshielo; nosotros mismos ... somos algo que resquebraja el hielo y otras realidades demasiado tenues".

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